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Gineceo
Gustavo Ferreyra
Clarín, 24 de noviembre de 2001

Uno de los personajes de este libro, pintor, encuentra la superficie de la tela insuficiente, porque al final descubre que ciertas cosas que él hubiera querido incluir siempre quedan fuera del cuadro. En sus divagaciones llega a concebir el remedio: una tela esférica, capaz de crecer en la medida en que los ojos del pintor incorporaran nuevos caprichos; no ya la superficie inerte y limitada del soporte establecido.
Hay un muro que la literatura erige entre el lector y la vida que con Ferreyra se derrumba bruscamente. Con él uno no se siente como si estuviera lidiando con un escritor munido, como todos, de una aureola de filigrana, que goza del privilegio de la expresión, sino con alguien que no pretende expresarse mejor que cualquiera de nosotros y se ve obligado a escribir para contar lo que ve. Y lo que ve es descrito con una exhaustividad maníaca, loca, es decir, artística. Nada escapa a sus propósitos. Todo lo que existe puede ser expresado en palabras, sin aditamentos, sin “trucos”, sin brillos parásitos. Ferreyra escribe como quien fotografía. Casi todos los fotógrafos tienden a dramatizar lo que ven. Ferreyra “desdramatiza”, esto es, lo importante es “mostrar”, elaborar un universo vivo, un mundo en torno y “con” determinados personajes. Eso se ve claramente no sólo en Gineceo, sino en sus dos novelas anteriores, El amparo (1994) y El desamparo (1999). La astucia, el verdadero arte de Ferreyra, consiste en esto: como al sol, no le interesa brillar. Pero entonces: ¿qué es la novela para Ferreyra? La descripción del discurso de un determinado fragmento de realidad, imaginada o verdadera, pero de una realidad definida en el sentido de que lo principal en ella es que el lector se vea obligado a creer que las cosas son así y no podrían ser de otra manera. El verdadero logro de esta novela consiste en que no hay en ella una sola página que pueda “entrar” en una antología. Es un talento del que carecen los novelistas, buenos administradores de sus dones. La narración es un todo cuyos elementos no se pueden disociar. Y el lector, lápiz en mano, no puede volverse el rival o el sirviente del texto que lee: no hay nada merezca ser marcado, ni corregido, ni enmendado. El lector se vuelve “equivalente” al autor y, por ende, al libro que está leyendo. Se trata de una proeza difícil de igualar. Quien busque los antecedentes probablemente no los encuentre. Gineceo no se parece a nada.
Gineceo (el título alude al departamento en las casas griegas destinadas a las mujeres) se erige como el manifiesto de la exhaustividad novelada, el sitio donde todas las preguntas tienen sus respuestas, en la que nada, nada, queda fuera del encuadre y en la que ni una sola frase, ni una sola palabra pretende adular a nadie (la adulación de los gustos más bajos del público y el temor de no ser apreciado por una cierta camarilla hicieron de nuestra literatura, salvo raras excepciones, esa agua tibia que dan ganas de vomitar). Respondemos con más entusiasmo a la tristeza literaria de las tres protagonistas que al infortunio de nuestros vecinos. Sus desventuras logran el cometido siniestro de la gran literatura: pendientes del infierno material de ellas, no nos damos cuenta de que nos estamos moviendo en otro infierno, igualmente siniestro.
Cartier-Bresson, el fotógrafo francés, sufría del síndrome de la limitación del encuadre. Su genialidad residía en la pretensión inútil de abarcarlo todo, y sus mejores fotos dan cuenta precisamente de eso: son imperfectas, reclaman más espacio, más tiempo, menos limitación, más vida. Gustavo Ferreyra es otro más de esos guerreros de las batallas perdidas, sólo que, como todos los grandes guerreros, con Gineceo, novela esférica, consiguió hacer de la derrota que conlleva intentar abarcarlo todo, una victoria incondicional.